El sibilante anuncio de los parlantes, ocasionado por la funcionaria de la aerolínea norteamericana, superó con creces el ruido producido por los pasajeros en la congestionada terminal número cuatro, del aeropuerto internacional de Los Ángeles.  Algunos viajeros se cruzaban en un continuo ir y venir, arrastrando sus maletas a través de la amplia sala, mientras que otros esperaban impacientes a ser atendidos al frente de los mostradores de las compañías aéreas.

Un hombre de mediana contextura y que rondaría los treinta años de edad, ingresó por una de las puertas automáticas y con paso vacilante se dirigió a uno de los monitores, donde reparó acuciosamente la información inherente al vuelo 22 con destino a la ciudad de Nueva York.

Vestía unos raídos pantalones vaqueros, con una almidonada camisa blanca remangada casi hasta los codos. Una barba espesa cubría parcialmente su rostro y sus lentes oscuros no permitían adivinar adonde estaba mirando. Sobre su hombro, pendía sobre uno de sus tirantes, un viejo morral verde que se bamboleaba rítmico a cada paso que daba el extraño sujeto.

Luego de unos segundos, extrajo del bolsillo de su pantalón con cierta dificultad, su teléfono celular.  Miró la hora en el receptor e hizo una mueca de intranquilidad. No había mensajes recientes. Levantó la cabeza y observó con detenimiento el desmedido tráfico humano en la sala.

De repente el teléfono comenzó a sonar, reproduciendo una vieja canción country, muy famosa en los años setenta. El hombre respiró profundo antes de contestar la llamada.

— ¿Estás seguro? — Fue lo único que se le escuchó decir antes de que cortara la comunicación.

Su pulso se aceleró de inmediato.  Miró en dirección a las puertas de acceso de la sala, observando con celeridad el aspecto de cada uno de los visitantes que estaban haciendo su ingreso a la terminal aérea.

Eran las 2:30 de la tarde. Pensó con cierta satisfacción que todo iba saliendo de acuerdo a lo planeado.

Algunas gotas de sudor comenzaron a surcar ahora su frente. Las palpitaciones eran intensas y continuas al punto que le estaban causando una ligera pero mortificante jaqueca.

Una hermosa chica rubia ingresa de repente, mira en todas direcciones y un instante después se dirige a uno de los mostradores de su aerolínea.  Para su frustración verifica que debe colocarse detrás de una larga línea de pasajeros que le precedieron.

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El hombre sigue con su mirada a la muchacha desde la distancia mientras aprieta con su mano la correa del morral.  Al volverse se encuentra sorpresivamente con dos agentes de seguridad del aeropuerto que caminan cerca de él. Uno de ellos, el más joven, no puede evitar mirarle con curiosidad.

Una vez que pierde a los agentes de vista, se dirige con rapidez a uno de los baños apostados dentro de la terminal.  Un par de hombres que permanecen en el baño le retrasan momentáneamente. Mientras los individuos abandonan el lugar, aprovecha para lavarse la cara y alisarse un poco el cabello.

En tanto espera, su teléfono vuelve a entonar la melodía campirana.

— Ya la vi. No te preocupes, estaré bien. —Dice sin emoción en su voz— te debo una —agrega antes de cerrar la llamada.

Tan pronto como queda solo en el recinto, abre su maletín y saca una hoja de papel con unas inscripciones pulcramente escritas que dicen “Out of Order”. Sin perder un segundo, lo pega a la puerta metálica del cubículo ubicado en el extremo opuesto a la entrada e ingresa en él. Allí se despoja con prontitud de la barba postiza y de los lentes oscuros y los coloca dentro del morral. Su fisonomía ahora ha cambiado por completo.

Luego levanta una de las pestañas del maletín y con cautela saca un paquete con un circuito electrónico y varios cartuchos cilíndricos conectados por dos cables de colores. Con extremo cuidado acciona uno de los interruptores y varias luces cobran vida de inmediato. Acto seguido mueve un segundo mecanismo y un contador digital con números rojos comienza a contar en forma descendente, desde el minuto cinco.

Una vez accionado el dispositivo, lo coloca meticulosamente sobre el retrete. Concluida su tarea, se levanta en la punta de sus pies y se percata de que no hay nadie más en el baño. Entonces con cierta destreza escala la puerta del cubículo y salta fuera de él asegurándose de haberlo asegurado previamente en su interior.

Justo cuando sus pies tocan el piso, el hombre de mantenimiento, un muchacho de no más de veinte años ingresa al baño con una cubeta de agua y varios conos de seguridad amarillos. Es algo con lo que Jesse no contaba.

A sabiendas de que el tiempo corre ahora en su contra, se enjuaga las manos en el lavabo mientras observa al muchacho a través del enorme espejo.  El mozalbete, se acerca hasta el último cubículo y con extrañeza le echa un vistazo al letrero adherido a la puerta.  Hay algo para el joven que no encaja en esa situación.  En tanto mira la nota una y otra vez, hace un gesto de contradicción al tiempo que toca su mentón dubitativamente.

Sin demora se asoma por debajo del cubículo y al no ver a alguien, trata de mirar a través de las hendijas en los pliegues de la puerta. Como no encuentra algo, empuja la puerta con fuerza sin conseguir que esta se mueva un milímetro. Intenta una vez más y luego se aleja con un gesto de reflexión dibujado en su rostro.

Sin dejar de lanzar miradas de extrañeza al clausurado cubículo, el muchacho decide dedicarse por completo a su labor de limpieza.

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Jesse sale finalmente del baño no sin antes cambiar su camisa y se encamina al lugar a donde viera a la chica por última vez.  Allí en medio de varios viajeros ve a la hermosa mujer, quien con impaciencia zapatea en el piso con uno de sus pies. Con sigilo y ocultándose tras la humanidad de varios pasajeros, se acerca y se coloca prudentemente unos pasos atrás de ella.

Mira su reloj.  Han pasado dos minutos desde que abandonara el baño.  Se toma unos segundos para confirmar en lo que le permite su ángulo visual, que sólo hay cinco agentes de seguridad diseminados en la sala. Las puertas de ingreso, a pesar de la afluencia de pasajeros se encuentran despejadas lo que permitirá en unos minutos su escape.

Para su sorpresa, al volverse hacia la chica, se encuentra inesperadamente con los ojos ella.

Esperaba que pasara.  Solo que el contacto, según sus cálculos, debía producirse dos minutos más tarde.  Ahora tenía que hacer algo, de lo contrario todo se saldría de control.

La chica arqueó sus cejas al tiempo que tapó la boca con su mano, debido a la gran impresión que le causó el inesperado encuentro con su ex-pareja. Jesse se le acercó levantando ligeramente las manos en señal amistosa, pero ella se dejó llevar por su instinto y retrocedió unos pasos.

— Molly, lo siento —Dijo Jesse mostrándose también sorprendido.

— ¿Que estás haciendo aquí? —preguntó la chica con el rostro encendido.

— Debo viajar. No me imaginé que estarías acá. —Se excusó Jesse inclinando la cabeza.

Algunos pasajeros que advirtieron la reacción inicial de la muchacha, evitaron ahora dar oídos a la conversación de la pareja, apartándose un poco de ellos.

— Sabes que no puedes estar cerca de mí —argumentó Molly señalándose así misma con su dedo índice— la orden de alejamiento es muy clara. ¡Debes alejarte de inmediato!

— No entiendes que no ha sido mi culpa. ¿Cómo voy a saber en dónde vas a estar para evitar ir al mismo lugar? —se defendió ahora Jesse con marcada vehemencia.

Molly trató de analizar con cabeza fría la situación. En realidad, existía algo de razón en las tesis de Jessy, sin embargo, sabía de lo potencialmente peligrosa que resultaba la presencia de su ex cerca de ella.  Su relación fue en exceso tormentosa, al punto que fue necesaria una orden de alejamiento para su seguridad. Deseaba mantener todo como estaba ahora.  El estar cerca de él le intranquilizaba.

— Entiendo lo que dices, no obstante, debo pedirte que te alejes.  Busca otro de los mostradores o regresa tan pronto como yo me haya ido.

Jesse miró nuevamente su reloj. Cuatro minutos habían pasado desde que abandonara el baño.

— Esta bien. Me iré. Pero antes, déjame decirte algo. —Convino el hombre a regañadientes.

— Lo siento Jesse. No puedo escucharte.  Vete ya por favor.

— Se trata de nuestra hija —insistió Jesse tratando de ganar algunos segundos.

— Si no te alejas llamaré a un agente de seguridad. Sabes que te arrestarán —amenazó Molly dejando entrever que no estaba bromeando.

— ¿En verdad lo harás? —inquirió el hombre con socarronería al comprobar que solo restaban diez segundos para que el artefacto explosivo detonara— ¿Por qué mejor no miras allí? —agregó señalando en dirección al área de los baños.

Una fuerte explosión hizo que el edificio se cimbreara y en segundos una nube de polvo emergió con fuerza del baño de hombres.  El normal funcionamiento de la terminal aérea pronto se vio convertida en caos, pánico y confusión.

Aprovechando el desconcierto general, Jesse se acercó a Molly y la tomó por el brazo con brusquedad. La chica lo empujó con fuerza sin lograr zafarse de su mano que la atenazaba sin misericordia. El la miró con dureza mientras con su mano libre sacó de la pretina de su pantalón una pistola semiautomática provista de un silenciador.

— ¡Por Dios Jesse! ¿Qué estás haciendo?

— Algo que debí hacer hace mucho tiempo.  ¿Ahora si vas a escucharme? —preguntó el hombre con un brillo de locura en sus ojos, en tanto empujaba el extremo del silenciador contra el pecho de la aterrada mujer.

Molly pudo ver por encima de la gente que corría en todas direcciones a un grupo de policías que sacaba de entre los escombros, el cuerpo destrozado y lleno de sangre de un joven hombre de mantenimiento. A juzgar por su condición, debió morir en el instante.

Jesse, sabiéndose dueño de la situación, acercó su rostro hasta el de la muchacha y sintió su aliento.  En un susurro le murmuró al oído con un dejo de rabia en su voz.

— Cuando me alejaste de mi hija, partiste mi corazón en pedazos. Por eso hoy quiero hacer lo mismo con el tuyo, solo que tu corazón se partirá en pedazos literalmente.

— Jesse por favor…

— ¿Creíste que no haría algo al respecto? ¿Pensaste que te saldrías con la tuya?

La chica dejó rodar algunas lágrimas por sus mejillas. Era bien conocedora de los alcances de ese sujeto y por ello le espantaba pensar que estaba a punto de perder la vida.

— Jesse, te lo ruego.

El hombre sonrió con ironía. Disfrutaba el ver subyugada a quien en los últimos meses fuera su verdugo.

— Mírame.  Mírame bien. Pues seré lo último que mires en tu vida —dijo el hombre mientras su dedo acariciaba suavemente el gatillo.

La chica cerró los ojos y elevó una plegaria al cielo. No deseaba morir y menos de esa forma tan violenta. Sus últimos pensamientos serían para la pequeña Laura. No podía dejar de pensar en ella.  ¿Qué sería de ese pedazo de su alma?

Si ella moría y Jesse iba a la cárcel, la niña quedaría al cuidado de su hermana. Si el hombre le quitaba la vida y lograba escapar sin ser sindicado de su muerte, existía la posibilidad de que reclamara la potestad sobre su hija, dado que la madre ya no estaba.  Era toda una pesadilla.

Abrió sus ojos llorosos, inquietos e implorantes y los fijó en los inexpresivos de Jesse. Las palabras ya sobraban. Las súplicas estaban de más. Quizá había finalmente llegado su hora.

De repente una voz detrás de Jesse resonó trayendo un poco de esperanza a la afligido espíritu de Molly.

Foto de www.2.ljworld.com.

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— Señor, ¿Está todo bien con ustedes? —preguntó un robusto oficial de policía sin entender por qué la pareja estaba forcejeando.

Jesse aprovechó que su arma se mantenía oculta a los ojos del agente y la apretó con fuerza contra la angustiada muchacha. Era una situación difícil. Debía actuar con rapidez. De ello dependía el éxito de su operación.

— ¿Señor? —repitió de nuevo el policía, esta vez apoyando su mano diestra sobre la culata de su pistola.

Jesse comenzó a virar su cabeza con lentitud en dirección al oficial, pensando que, en el siguiente minuto al menos uno de ellos tres, perdería irremediablemente la vida.