Triste y melancólico arrastro mis pasos, sintiendo el peso del mundo sobre mis cansados hombros.  Hace frio. Que nostálgica agonía. Ya la tarde muestra sus últimos fulgores y la noche pronto cubrirá todo con su oscuro manto. Maquinalmente prendo un cigarrillo y lo abandono en mis yertos labios, luego ajusto las solapas de mi abrigo y embuto mis manos en sus bolsillos profundos.

El tañido de campanas de la iglesia de San Pablo se escucha a lo lejos. El camino al cementerio es lastimero, cruel y tormentoso. Allí, en medio de rosas y azucenas, de jazmines y violetas, se halla la tumba del más grande de todos mis amores, el sepulcro de mí amada e inolvidable Catalina.

A cada paso la distancia se hace menos y el dolor de mi corazón aumenta. Ya avizoro a pocos metros la entrada principal del camposanto. Todo está mustio y desolado. El frio del lugar cala mis huesos, casi con la fuerza que lo hace hoy tu triste ausencia.  Me persigno y con el seco olor a flor de cementerio, cruzo de prisa y con angustia el solitario umbral.

Enormes cipreses a lado y lado del camino adornan en contradictorio marco, la semblanza misma de la vida en conjunción con la frialdad del indolente sueño eterno.

Catalina abandonó mi mundo, cuando había solo alegría entre nosotros. Aún recuerdo su sonrisa, sus abrazos, su mirada. ¿Cómo olvidar la fragancia que emanaba de su cuerpo? ¿Cómo no acordarme de esos besos que siempre cautivaron mis sentidos?

Foto de www.gazettenet.com

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Frente ahora a su sepulcro, me arrodillo y lloró como un niño.  No soporto la idea de tener que estar sin ella.  La quiero de regreso, permanecer siempre a su lado. Sé que no fue tu elección haber partido, también sé de tu temor por esa ida, preferiría haber partido yo y que fueras tú quien estuviera hoy con vida, aunque a cambio tendrías que soportar con estoicismo, este aciago dolor que me atormenta.

Nuestro pequeño hijo te pregunta y a cada tanto me pide y ruega por ver a su mamita, yo le digo que tú te adelantaste, que Dios tenía otros planes para ti, que estás bien donde quiera que te encuentres y que nuestro llanto solo tristezas te traerá.  Que por eso debemos ser valientes, tener tu recuerdo aquí en el alma, que algún día Dios allá en el cielo, para verte nos dará su bendición.

Después de llorar por largo rato, luego de agotar todas mis lágrimas,  estando ahora más calmado, me siento a un lado de la tumba y con algo de torpeza dejo que fluyan mis palabras.

―Amor mío, hoy tengo que decirte algunas cosas que desconoces por completo.

Creo que comencé mal con este asunto. Debí haberlo mencionado de otra forma, no encontró mi mente otra manera y pues esto ya no tiene escapatoria.

―Hice algo que no me enorgullece. Por el contrario es algo que ofende, daña y mortifica. ―A cada palabra pronunciada, le sucede una rápida mirada a la lápida de mármol, pensando que de allí podrá venir de ipso facto una férrea y tenaz reprobación.

Bajo la voz al ver que una mujer pasa muy cerca. Ella me mira de reojo. Esconde el rostro tras su negro velo. Viste de luto. Sus ojos muestran el marchito rastro que solo el llanto deja. Creo que como yo, ella también perdió al ser más importante de su vida.

Con un carraspeo aclaro mi garganta. Ya la noche comienza a hacerse dueña del lugar. Mis pensamientos vuelan ahora por el tiempo y pronto me transporto ocho años atrás. Mi tercer año desposado.

― ¿Recuerdas la casita de la fuente?, ¿Esa a la que nos mudamos a los pocos años de casados? Era un lugar apacible. Allí quizá pasamos nuestros mejores años juntos. La alameda, el jardín de rosas, el patio adoquinado, el muro de concreto. Todo estaba en armonía.  Todo era tan perfecto. Pues bien, allí en ese lugar, un día después de nuestra tercera Acción de Gracias, cuando tuvimos la visita de toda tu familia, sucedió algo de lo que nunca te enteraste.  Algo que ahora tienes que saber.

Foto de http://www.andes.info.ec

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Mientras escojo cuidadosamente las palabras, me asalta la duda pensando en si está bien que de mi boca salga, ese secreto que por tanto tiempo se mantuvo tan oculto. ¿No será acaso mejor dejar las cosas como están? ¿Para qué causar dolor abriendo heridas solo en busca de un perdón?

―Tu prima. La Sofía.  Esa a la que llamabas “resbalosa”.  Llegó hasta mi cuarto el día en que saliste con tu madre y se sentó muy junto a mí en la que fuera nuestra cama.  Yo en principio no entendí cuál era la razón,  ¿Porque estaba en mi cuarto? ¿Cuál era su intención? Sin embargo guardé silencio y esperé su explicación.

Agacho mi cabeza sintiéndome culpable. Quizá fui un poco ruin por no confesarlo en su momento, no debí esperar a que se fuera.  No puedo evitar sentirme condenado, la culpa ahora se apodera de mí ser. Espero que ella en su indulgencia me comprenda y permita que mi corazón se libre de este amargo sentimiento.

De repente escucho pasos que avanzan hacia mí desde la oscuridad en mi retaguardia. Trato de virar en instintivo acto pero una fuerza superior a mí me mantiene entumecido. Siento miedo, pánico y horror al punto del delirio, ¿Qué me está pasando? ¿Quién está allí y porque se está acercando?

Los segundos se hacen eternos. La distancia interminable. Hasta que por fin, aquel incógnito ser se coloca detrás mío y para acrecentar el martirio coloca su fría mano sobre mi hombro ahora tembloroso. No sé de quién se trata, pero si deseaba enloquecerme, juro que lo está logrando.

Una voz femenina seca y apagada, pronuncia de pronto mi nombre.  Me es pasmosamente familiar, me es perturbadoramente conocida.

― ¿Ricardo….?