Algo fuerte ha golpeado mi cabeza. Procuro conservar el equilibrio en el más alto de los peldaños de la desvencijada escalera sobre la que me encuentro. A pesar de mi ingente esfuerzo,  pronto me veo volando por los aires.  Ahora, una milésima de segundo después, me percato de que la escalera caerá también sobre mí.

Con cierta agilidad logro esquivar su golpe, sin embargo algo que no alcanzo a distinguir, dada la nube de polvo que se cierne sobre el ambiente, cae pesadamente sobre mi cabeza haciéndome perder el conocimiento ipso facto.

Unos minutos más tarde abro los ojos y con pesadez arrastro mi cuerpo un par de metros, hasta lograr recostarme sobre una de las frías paredes del cuarto. Algunos rasguños en el brazo, una contusión en la rodilla y un pequeño hematoma en mi cabeza, son los únicos vestigios que quedan en mi cuerpo de la desafortunada caída.

Mientras con amargura me repongo, pienso en lo que pudo ocasionar este absurdo accidente. Hace apenas unas horas, un hombre me contrató para que efectuara algunos arreglos locativos en una de sus propiedades. Se trataba de remover una pared que fue construida años atrás por el anterior dueño de la casa, que clausuró un baño que hace parte solidario de una de las habitaciones.

En principio dudé en hacer este trabajo, pues la casa es muy antigua y a decir verdad desde el momento en que puse mis pies en ella, tuve una extraña sensación. Su olor, aunque no es desagradable, no me inspira confianza.  No soy un hombre supersticioso, pero hay algo en el ambiente que me genera inseguridad.

Supe que el nuevo propietario del inmueble, compró la vivienda hace pocas semanas, a la viuda del anterior propietario, quien murió precisamente en la habitación en la que ahora me encuentro trabajando.

No habría tomado el trabajo, de no ser por la apremiante situación en la que ahora me encuentro. Isaac, mi hijo menor, tiene programado unos días de campo como actividad escolar, en una ciudad a más de trescientos kilómetros de nuestro hogar. El problema radica, en que no he tenido suficiente trabajo en las últimas semanas y por tanto no tengo suficiente dinero para sufragar todos sus gastos. Ahora con este pequeño contrato, espero tener los recursos necesarios para que mi hijo pueda ir con sus compañeros.

Pero no contaba con este contratiempo. El trabajo iba bien hasta cuando me encontré con una cornisa que fue adosada a la pared luego que esta fue construida. Me tomó mucho trabajo removerla y cuando estuve cerca de hacerlo en su totalidad, algo sucedió con el techo de la habitación.

El techo, construido con paneles de yeso, separa la habitación de una parte del ático al cual no se puede acceder desde ningún otro punto de la casa. Al parecer cuando la última sección de la cornisa se removió, el techo cerca de ella colapsó dejando un enorme boquete de un metro cuadrado por lo menos. Que mala suerte. Ahora mi trabajo será más complicado. No puedo creer que esto me haya sucedido.

En tanto acepto con resignación este fortuito inconveniente, busco entre los escombros diseminados en el piso, el objeto contundente que golpeó mi cabeza y me dejo inconsciente. Lo que ven mis ojos me deja de una pieza.

Palpitaciones en mis sienes y un millón de mariposas volando en mi estómago son las primeras sensaciones que me asaltan luego que veo el objeto que me apaleó.

Un viejo maletín de cuero sellado herméticamente con cinta de color, fue el causante de mi trauma. Ahora mi pregunta es, ¿quién pudo dejar el maletín en ese sitio? y más importante aún, ¿qué se esconde tan confidencial dentro del mismo? Con rapidez y olvidando mis dolores, me levanto y tomo el maletín entre mis manos. Es más pesado de lo que parece. Lo colocó sobre la escalera volcada sobre el piso y me dispongo a remover la cinta que lo mantiene cerrado.

De pronto una voz, que emerge muy profunda desde mi conciencia, hace que me detenga y ceje en mi empeño por abrir el maletín.

¿Qué estoy haciendo? este maletín no me pertenece. El hace parte de esta casa y por tanto deberé entregárselo a su dueño.

Sin pensarlo dos veces y a sabiendas de que estoy haciendo lo correcto, tomo mi teléfono móvil y marco el número del señor Jones, quien me contrató para éste trabajo.

El teléfono repica varias veces. Espero y no es atendido.

Miro nuevamente el maletín y se hace más grande mi curiosidad que mi afán de honestidad y me decido por abrirlo para saber qué es lo que hay en su interior.

Remuevo con cuidado la cinta de color y al hacerlo rasgo el cuero en algunos de sus lados. Luego deslizo el cierre y quedan al descubierto varios manojos envueltos en sobres de plástico.

Tomo el primero de ellos. El más próximo. Retiro la cubierta y lo que queda al expuesto me corta literalmente la respiración.

Dejo el paquete nuevamente dentro del maletín y salgo de la casa. Debo tomar aire. Esto ha sido demasiado para mí.

Me acerco a mi vieja camioneta Ford y extraigo un cigarrillo de la guantera. Prometí unas semanas atrás que dejaría de fumar, pero ante este inusual suceso me es imposible no hacerlo. Lo enciendo, aspiro rápidas y profundas bocanadas. A medio cigarro regreso al interior de la casa.

Tomo de nuevo el paquete entre mis manos y extraigo la pieza que heló mi sangre pocos minutos antes.

Es un billete de la reserva federal de los Estados Unidos, impreso en mil novecientos veintiocho, con la imagen de Grover Cleveland y con un valor nominal de mil dólares.

Alguna vez escuché de estos billetes, pero nunca creí que en verdad existieran.

El billete, se encuentra dentro de una cubierta dura de plástico y un rótulo verde a nivel de certificación está en su parte superior.

Echo una rápida ojeada al resto del paquete y encuentro varios billetes más de diversas denominaciones. Me imagino que los otros paquetes contienen lo mismo.

Por Dios. Me pregunto cuál será el valor de cada uno de estos billetes.

El teléfono timbra de repente. Es el señor Jones. Está devolviendo mi llamada.

Debo contestar.

¿Qué le diré? ¿La verdad? ¿Oculto la existencia del maletín? ¿O tan sólo la de uno de estos paquetes? Dios, ¿Qué debo hacer?

― ¿Señor Jones?