Desde el momento mismo en que el hombre decidió establecerse en sociedad, creando para este fin pequeños asentamientos que luego se convertirían en pueblos y ciudades, se evidenció que las comunidades podrían estar en determinado momento enfrentadas a diferentes tipos de desastres, dependiendo de la zona geográfica donde estuviese ubicada dicha población. Para citar un ejemplo, a lo ancho, en la zona sur de los Estados unidos, es corriente encontrar tres diferentes tipos de fenómenos, que atentan contra el bienestar de los habitantes de un amplio corredor poblacional.

La costa este de la unión americana, ha sido azotada en múltiples oportunidades por huracanes y tormentas tropicales, que han dejado destrucción y muerte a su paso a lo largo de los años. En la zona centro-sur del mismo país, los tornados han hecho de las suyas, destruyendo barrios enteros y aniquilando a sus habitantes. En la costa oeste, son los terremotos los que se han encargado de crear el pánico en la comunidad. El sur de California, ha sido la región donde con más intensidad se han sentido los movimientos telúricos, debido a la denominada falla de San Andrés.

Maremotos, Tsunamis, terremotos, huracanes, tornados, tifones, avalanchas, deslizamiento de tierras, erupciones volcánicas, tormentas eléctricas, incendios forestales, inundaciones y sequías, son algunos de los desastres naturales más importantes que con vehemencia azotan indiscriminadamente diferentes puntos del planeta.

Desde hace varias décadas, se llevan registros de cada uno de estos sucesos para tener una estadística que le sirva al hombre para conocer un poco más acerca de estos fenómenos; no obstante, algunos historiadores han logrado ampliar la información existente, basados en libros y documentos que han sobrevivido al tiempo. Uno de estos hechos registrados ocurrió en la antigüedad, tiene que ver con la gran erupción volcánica del Vesubio, el 24 de agosto del año 79 de nuestra era, y que a la postre arremetería contra la famosa ciudad de Pompeya. El resultado fue devastador. Aunque se desconoce cuántas personas murieron en el desastre, se calcula que el número puede situarse entre diez y quince mil. Pero claro, este no fue el primero, ni el más grande de los desastres naturales.

En 1931, fuertes lluvias torrenciales provocaron el desbordamiento del río Amarillo en China, zambullendo pueblos enteros, arruinando cosechas y desatando epidemias a su paso. En total, se calcula que murieron cuatro millones de personas, por lo que se considera el peor desastre en la historia de la humanidad.

Claro que debemos, por supuesto, considerar las teorías, no solo teológicas, sino además científicas y arqueológicas, que buscan comprobar el impacto que tuvo sobre el planeta el llamado ‘Diluvio Universal’, que de poderse comprobar corroboraría la desaparición de casi toda la civilización, miles de años atrás. Este suceso haría ver a todos los demás desastres de la naturaleza como un verdadero juego de niños.

El 26 de diciembre de 2004, a las 7:58 de la mañana, un terremoto submarino con epicentro en la costa oeste de Sumatra en Indonesia, provocó un tsunami devastador que arrasó con todo a su paso en las regiones costeras de Indonesia, Tailandia, India, Malasia y Sri Lanka. La mortandad que dejó este fenómeno a su paso, fue de casi 500 mil personas, uno de los más grandes desastres de la actualidad. Ocho años más tarde, el 12 de enero de 2010, hacia las 4:53 de la tarde, un terremoto de magnitud 7.2 grados en la escala de Richter, azotó Haití dejando un trágico saldo de 316 mil personas muertas. La lista en realidad se hace interminable, si se tiene en cuenta que constantemente se producen nuevos desastres en cada punto cardinal del mundo.

Nuestro país, según el Departamento Nacional de Planeación, cuenta con la mayor tasa de desastres naturales de América Latina. De acuerdo al organismo, en Colombia se presentaron entre 2006 y 2014 alrededor de 21.594 emergencias por sucesos de origen natural. De los mayores eventos, podemos citar que aún tenemos frescas en nuestra memoria, las imágenes del desastre causado por la erupción del volcán Nevado del Ruiz, que borró la población de Armero, Tolima, el 13 de noviembre de 1985. El deshielo producido, formó una avalancha que cubrió el pueblo por completo, arrancándoles la vida a cerca de 25 mil personas.

A finales del siglo pasado, el lunes 25 de enero de 1999, el eje cafetero fue sacudido por un sismo de 6.2 grados en la escala de Richter, a la 1:19 de la tarde, con una duración de 28 segundos. La ciudad de Armenia, en el departamento de Quindío, fue la más afectada. Los muertos fueron más de mil y las viviendas destruidas llegaron casi a 100 mil. La lista también es extensa, pero vale la pena reseñar el deslizamiento del cerro Pan de Azúcar sobre el barrio Villatina en Medellín, en 1987; el terremoto y tsunami en la costa nariñense de Tumaco, en 1979 y el deslizamiento de tierras en la vía que de Bogotá conducía a Villavicencio en el sector denominado Quebrada Blanca, el 28 de junio de 1974.

No se puede dejar de mencionar, el desastre ocasionado por las recientes sequías en Casanare, donde miles de animales, en una amplia franja, murieron por la falta de agua. Las preguntas obligadas son, ¿qué tanto ha influenciado el hombre para que la naturaleza le pase su cuenta de cobro? ¿En realidad el calentamiento global incrementará los desastres naturales en un futuro próximo? ¿Podrá el hombre en determinado momento prever y controlar todos estos fenómenos? Solo el porvenir nos lo hará saber. Esperemos que la tecnología ponga en manos del hombre las herramientas necesarias para eludir convenientemente los embates de la madre naturaleza.